Cuidados dermatológicos para ambientes invernales

En esta estación, la piel sufre constantes cambios de temperatura con el frío y la humedad en exteriores y los ambientes secos y calurosos en el interior de los edificios. Estos cambios bruscos agreden nuestra piel de forma constante y pueden llegar a provocar ciertas alteraciones cutáneas

portrait d'une belle femme souriante se mettant de la crme de prEl frío típico de esta estación y los cambios bruscos de temperatura alteran la protección natural de la piel, y producen en muchos casos alteraciones capilares, rojeces y dermatitis. La contracción de los capilares generada por nuestro sistema de termorregulación ante el frío permite mantener la temperatura constante, reduciendo la pérdida de calor por conducción; esta vasoconstriccción reduce el aporte de oxígeno y nutrientes a las células de la epidermis, retrasando el ciclo de renovación celular y obstaculizando la secreción de sebo natural.

Sin embargo, el paso del frío al calor de manera brusca produce el efecto contrario. Hablamos de vasodilatación cuando los capilares tienden a dilatarse por el cambio de temperatura y dan lugar a enrojecimientos o rubores, que pueden ser puntuales (remiten en poco tiempo) o irreversibles con el paso de los años. En este último caso, los capilares dilatados se hacen visibles y permanentes. Las zonas con piel fina son las que más sufren. La piel fina y seca posee niveles muy bajos de agua y grasa, favoreciendo la deshidratación y el envejecimiento. Mejillas, labios, cuello, escote y manos apenas  cuentan con manto protector natural, y son las primeras en mostrar el daño producido por las bajas temperaturas.

Salvando los casos puntuales, las agresiones provocadas por las bajas temperaturas en nuestra piel pueden generar rojeces cuyo tratamiento prolongado será indispensable para mantener a raya sus indeseables efectos y mejorar nuestra calidad de vida. Entre las rojeces más comunes encontramos la cuperosis y la rosácea: la primera, frecuente en mujeres de piel frágil y clara, implica la formación de múltiples capilares dilatados, y se caracteriza por la presencia de arañas vasculares en los pómulos y en las aletas de la nariz; la segunda no deja de ser una variante del acné, y generalmente se trata con antibiótico.

Dermatitis atópica

La dermatitis atópica (DA) es una enfermedad benigna que va en aumento. En los últimos 30 años, el número de casos ha aumentado entre un 200 y un 300 por cien, con una especial incidencia en niños de corta edad; no en vano, actualmente entre el 10% y el 20% de los bebés padece dermatitis atópica a partir del tercer y sexto mes de vida. La mitad mejora con el tiempo, aunque a veces puede durar hasta la adolescencia o incluso hasta la edad adulta.

No existen datos definitivos sobre la incidencia y la prevalencia real de la DA en España, pero los expertos llaman la atención sobre el considerable aumento de casos que documentan en sus consultas en los últimos años. Se estima que entre el 5% y el 15% de la población padece DA. A nivel mundial, la frecuencia de la enfermedad se ha incrementado sustancialmente de 2 a 5 veces en los últimos veinte años, según informa la Asociación de Familiares y Pacientes de Dermatitis Atópica (ADEA).

Con frecuencia se utiliza el término “eczema” para describir la dermatitis atópica, pero hay muchas otras enfermedades de la piel que también son eczemas (eczema numular, eczema dishidrótico, dermatitis de contacto alérgico o irritante…). Eso sí, la DA supone además la clase de eczema más severa y crónica de todas, prolongando de por vida la tendencia de quienes la padecen a sufrir infecciones de la piel, problemas de los ojos (dermatitis en los párpados, por ejemplo) o piel seca y fácilmente irritable.

Los factores ambientales, entre ellos los cambios bruscos de temperatura y el frío invernal citados con anterioridad, empeoran la condición de la enfermedad. La alta humedad causa más sudor, lo que puede provocar picazón, mientras que la poca humedad seca la piel especialmente en invierno.

En este sentido, la Nacional Eczema Association recomienda el uso de humectantes en el tratamiento de la patología y, sobre todo, para prevenir la resequedad de la piel. Por lo demás, el tratamiento consiste en la aplicación tópica de corticoides en combinación con fármacos, que deben ser administrados bajo estricto control del dermatólogo con el fin de evitar recaídas y efectos secundarios.

El doctor Daniel Wallach nos recuerda desde la Fundación para la Dermatitis Atópica que los corticoides por vía oral, los inmunosupresores, son muy eficaces pero exponen al paciente a efectos secundarios que pueden resultar más graves que la propia enfermedad si se utilizan durante un largo período de tiempo.

Según la opinión general, los corticoides orales están contraindicados en la DA, ya que los efectos secundarios y la corticodependencia parecen inevitables. Además, hoy en día podemos conseguir unos resultados inmediatos igual de buenos con una corticoterapia local fuerte.

La ciclosporina puede indicarse en casos raros de dermatitis atópica especialmente grave; supone una especie de “paso adelante” en el tratamiento, aunque por ahora no puede decirse que cure definiti vamente la DA. En estos casos conviene controlar la tensión arterial y la función renal, y comprobar que las constantes biológicas se mantienen normales.

Afección en niños

DA en niñosLa dermatitis atópica tiene una especial repercusión en las consultas de pediatría. Los cálculos más recientes señalan que hasta un 18% de la población infantil padece DA, y en la mayor parte de los casos (60%) el trastorno se consigue diagnosticar antes de cumplirse el primer año de vida; de hecho, hasta en un 85% de los pacientes la enfermedad ha debutado antes de los 5 años de vida. Se presenta por igual en ambos sexos, aunque a nivel pediátrico  suele ser más frecuente en niños que en niñas (2:1), invirtiéndose esta tendencia en la adolescencia y en la edad adulta.

Los niños con dermatitis atópica tienen alterado el sistema inmunológico de la piel y el manto lipídico que la recubre y la protege de la deshidratación y las agresiones externas. Por eso es necesario evitar todo aquello que erosione la barrera protectora y el equilibrio propio de la piel, como lanas, jabones, detergentes, sustancias químicas (conservantes, aditivos, excipientes) de los productos tópicos o cosméticos. En cuanto a la higiene y el baño de los más pequeños, es preferible el baño a la ducha, ya que suaviza, relaja y aporta flexibilidad a la piel; eso sí, siempre con agua templada y nunca más de diez minutos. Es importante enjabonar con la mano, sin esponja, para evitar la fricción; utilizar jabones suaves, de origen natural y sin sulfatos ni tensioactivos químicos; secar sin frotar, y con la piel ligeramente húmeda aplicar un suave cuidado hidratante que alivie y nutra profundamente.

Recomendaciones

Una vez subrayados los problemas o agresiones provocadas por los cambios bruscos de temperatura y el frío invernal en nuestra piel, especialmente en aquellas personas que padezcan enfermedades como la dermatitis atópica y otras, conviene tener en cuenta una serie de consejos ofrecidos por expertos:

  • Hidratar la piel es fundamental, aplicando lociones con alto poder hidratante y que contengan rutósidos. Así se logrará mejorar su aspecto, su elasticidad y resistencia, además de prevenir la aparición de grietas.
  • Limpieza: se recomienda una exfoliación suave que elimine las células muertas y favorezca la penetración de las sustancias hidratantes. Los mejores productos son los jabones o geles neutros, suaves y respetuosos con la piel.

  • Evitar el agua muy caliente, siendo preferibles las duchas de agua tibia para evitar la dilatación de los capilares. Con el agua demasiado caliente, la piel sufre innecesariamente; en pacientes con psoriasis, por ejemplo, la temperatura demasiado elevada o la duración excesiva del baño pueden no ser el mejor método para mejorar el picor de la piel, que suele reaparecer con intensidad.

  • Protección solar: la radiación solar es perjudicial en todas las estaciones del año, por lo que debemos aplicar un filtro solar en las zonas expuestas al sol (rostro, cuello, manos…). En invierno, la radiación aumenta con la latitud y la altura, por lo que el riesgo es aún mayor si se practican deportes como el esquí.

  • Nutrición: una buena alimentación mejora el aspecto de la piel. Los mejores nutrientes para hidratar la piel son ricos en vitaminas, minerales y antioxidantes, como frutas y verduras en crudo o cocinadas a la plancha o al vapor, proteínas de calidad y cereales. Los complementos vitamínicos antioxidantes de los grupos A, B, C y E también ayudan; no revierten el envejecimiento, pero sí mejoran su apariencia.

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