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Protección solar: cómo elegir el filtro adecuado

La radiación ultravioleta que llega a la superficie terrestre es la responsable de generar quemaduras, alergias, queratosis actínicas o cáncer de piel, además de ser causante del 90% del envejecimiento cutáneo prematuro. El uso de fotoprotectores o cremas solares es primordial para la protección solar gracias a su acción preventiva y terapéutica

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La radiación solar está compuesta por una infinidad de radiaciones que constituyen el espectro electromagnético. Dos tercios de esta radiación llegan a la superficie terrestre; de ellos, el 50% es luz visible, y la mitad restante está integrada en un 40% por radiación infrarroja (IR) y en un 7% por radiación ultravioleta (UV). Ésta, a su vez, se divide en tres bandas diferentes (A, B y C), cada una de las cuales afecta de manera diversa al ser humano. En su mayor parte, la radiación ultravioleta que alcanza la superficie terrestre se compone de rayos UVA, con una pequeña parte de rayos UVB (la radiación UVC es absorbida en su integridad por el ozono, el vapor de agua, el oxígeno y el dióxido de carbono de la atmósfera).

A corto plazo, los rayos UVA son los responsables de la pigmentación tardía de la piel y, a largo plazo, del cáncer subcutáneo, de las alergias solares y del envejecimiento prematuro. Por su parte, los rayos UVB enrojecen la piel y desencadenan el proceso de bronceado tardío, pudiendo provocar quemaduras y cánceres cutáneos.

Además del tipo de radiación que llega hasta nosotros, existen diversos factores que pueden hacer que nos alcance mayor o menor cantidad de radiación. Cuanta más radiación, mayor es el daño en nuestro organismo. Los factores más importantes son:

  • La capa de ozono: filtra parte de los rayos ultravioleta antes de que alcancen la Tierra; sin embargo, sustancias vinculadas a la industria de los aerosoles, el aire acondicionado y las pinturas han comenzado a degradarla de manera paulatina y, en consecuencia, llegan a la superficie terrestre una mayor cantidad de radiaciones UV, muy dañinas para la salud.
  • La hora del día: fuera de las zonas tropicales, las mayores intensidades de la radiación UV se producen cuando el sol alcanza su máxima altura (sobre el mediodía en los meses de verano), ya que sus rayos inciden de manera más vertical sobre la Tierra y deben atravesar menos cantidad de atmósfera.
  • La altitud: a mayor altitud, la atmósfera es más delgada y, por tanto, disminuye su capacidad de absorber la radiación UV.
  • La latitud: la intensidad de las radiaciones es mayor en áreas más próximas al ecuador debido al grado de oblicuidad de los rayos del sol.
  • Las condiciones climatológicas: la intensidad de la radiación UV es máxima en un día despejado, mientras que las nubes muy gruesas suelen disminuir la cantidad de rayos ultravioleta. Si las nubes son finas, por el contrario, las radiaciones pueden incluso aumentar.
  • Las superficies sobre las que se refleja el sol: algunas reflejan y potencian la radiación UV; por ejemplo la nieve reciente la puede reflejar hasta un 80%, y la arena seca un 25%. Por otra parte, hasta medio metro de profundidad en el agua, la intensidad de radiación UV supone aún el 40% de la existente en la superficie.
  • Las estaciones: la intensidad de los rayos UV varía también según la época del año. En otoño e invierno, la cantidad de radiación es menor que en primavera y verano.

Efectos del sol en la piel

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La piel puede verse afectada de maneras muy diferentes cuando permanece demasiado tiempo bajo las radiaciones solares. Las quemaduras son uno de los efectos más inmediatos y conocidos de la sobreexposición, sobre todo a los rayos UVB. De acuerdo a su intensidad, pueden manifestarse con eritema o enrojecimiento de la piel, inflamación o, en casos graves, vesículas o ampollas. La cantidad y gravedad de las quemaduras solares, así como que se produzcan en edades tempranas de la vida, se relaciona directamente con el cáncer de piel.

Por su parte, el bronceado tardío es el resultado de la acción repetitiva de las radiaciones solares sobre los melanocitos, las células que producen la melanina (pigmento responsable de dar color a la piel). El bronceado aparece pocos días después de una exposición prolongada al sol, y se trata de un mecanismo natural de defensa del organismo para evitar la aparición de las quemaduras.

A largo plazo, la exposición crónica a la radiación UVA del sol provoca que nuestra piel envejezca antes de tiempo, debido a la degeneración de las células, el tejido fibroso y los vasos sanguíneos. La piel fotoenvejecida se caracteriza por un tacto seco y áspero, falta de elasticidad, surcos, pequeños derrames capilares, y un aumento de la pigmentación, ya que aparecen manchas, pecas y lunares. De acuerdo con la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC), se estima que el 75% de las arrugas son producidas por la exposición solar.

La intolerancia al sol es otro de los efectos dañinos de los rayos ultravioleta. Según datos de la Academia Española de Dermatología y Venereología (AEDV), este problema afecta sobre todo a mujeres de entre 25 y 35 años de edad. Aparece en los primeros días de exposición solar, y se manifiesta con pequeñas vesículas, placas rojas y picor en las zonas del cuerpo expuestas, sobre todo en el escote.

La obsesión por el bronceado ha llegado al punto de que muchas personas se exponen directamente a las radiaciones UV en camas solares; un hábito que, como afirma la Organización Mundial de la Salud (OMS), aumenta el riesgo de padecer cáncer de piel. Existen varios tipos de cáncer de piel, entre los que destacan los carcinomas cutáneos y los melanomas. Según la AECC, el principal factor de riesgo implicado en la aparición de ambos cánceres es la radiación solar, y en especial la ultravioleta.

El melanoma es el tipo de cáncer más peligroso por su tendencia a propagarse a otras partes del cuerpo o tejidos, aunque constituye sólo el 2% de los casos de tumores cutáneos. Puede aparecer en cualquier parte de la piel, especialmente en pecho y espalda en el caso de los hombres, y en las piernas en el caso de las mujeres. En cambio, los tumores que se desarrollan a partir de células cutáneas que no son melanocitos (cáncer de células basales, por ejemplo) son más frecuentes en partes del cuerpo expuestas normalmente al sol, como las orejas, la cara, el cuello y los antebrazos. El crecimiento de estos últimos cánceres es muy lento y no tienden a extenderse por el organismo, lo que favorece un alto índice de curación.

Para poder disfrutar del sol sin riesgos, existen diferentes medidas de protección. Teniendo en cuenta nuestro fototipo, el índice IUV (estimación promedia de la radiación UVB solar máxima en la superficie terrestre a la hora del mediodía) y las circunstancias de la exposición, podemos reducir nuestra exposición al sol, usar barreras físicas, o aplicar sobre la piel cremas con factor de protección, además de ingerir complementos alimenticios que favorezcan la protección frente a la radiación solar.

Fotoprotectores tópicos

Para usar los fotoprotectores tópicos de una manera efi caz, resulta esencial conocer los distintos tipos disponibles en el mercado, su capacidad de fotoprotección y la manera correcta de aplicarlos. Todos los fotoprotectores son resultado de una mezcla de fi ltros de diferente naturaleza; según su forma de actuación, podemos diferenciar varios tipos de filtros:

  • Químicos (orgánicos): absorben la radiación solar y la transforman en otros tipos de energía que no producen daño cutáneo. Su empleo combinado con filtros físicos es imprescindible para conseguir factores de fotoprotección altos o muy altos. Son los más aceptados por su buena cosmética. A nivel europeo se ha determinado una dosis máxima para minimizar el riesgo de intolerancia cutánea.
  • Físicos (inorgánicos): son polvos inertes de origen mineral que reflejan y dispersan la radiación lumínica que incide sobre ellos. Hablamos de sustancias como el óxido de zinc y de hierro, el dióxido de titanio, silicatos como las arcillas y el talco. Normalmente no son irritantes ni sensibilizantes. Son fotoestables (resistentes a la degradación de la luz) y no tienen absorción sistémica. Las pantallas minerales están indicadas sobre todo para pieles sensibles, atópicas o intolerantes a filtros químicos.
  • Mixtos: poseen ambos mecanismos de acción, es decir, reflejan y absorben la radiación solar dentro de un espectro que incluye UVA, UVB e infrarrojos.
  • Biológicos: son aquellos filtros que, por su acción antioxidante, neutralizan los efectos negativos de la radiación en la piel. Suelen incluirse en todas las formulaciones en mayor o menor medida.
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Cada persona necesita un tipo de fotoprotector específico. A la hora de valorar el más idóneo, debemos tener en cuenta aspectos como las circunstancias de la exposición (hora, estación, latitud, altitud, etc.), factores individuales (edad, tipo de piel, fototipo…), u otros factores puntuales (estar embarazada, bajo tratamiento con medicamentos fotosensibles, problemas en la piel como dermatitis alérgica…). En función de estos elementos, elegiremos un fotoprotector con el Factor de Protección Solar (SPF) adecuado.

En este sentido, no existen reglas para elegir uno u otro factor de protección, pero sí pautas orientativas; por ejemplo, no se recomienda emplear un SPF menor de 30, sobre todo en la primera exposición al sol. Por su parte, los niños, las mujeres embarazadas y los ancianos requieren de SPF superiores dada su mayor sensibilidad al sol. Las personas que padezcan fotosensibilidad o patologías provocadas por los rayos solares, o aquellas que tomen medicamentos fotosensibilizantes (píldora anticonceptiva, antiacnéicos…), deben consultar a su médico el factor de protección más adecuado para ellas. Al practicar deportes acuáticos y de montaña debe emplearse fotoprotección con un SPF mayor de 50, ya que la altitud y el reflejo en superficies como el agua o la nieve aumentan la intensidad con la que recibimos las radiaciones.

Además de garantizar el SPF que indica su etiqueta, un buen fotoprotector debe cumplir otros requisitos. Así, debe contener filtros que cubran la mayor parte del espectro solar: UVB, UVA e infrarrojos; debe ser resistente al agua, sobre todo en el caso de los productos infantiles; debe mantenerse estable frente a la acción del aire, el calor y la humedad, y garantizar una protección prolongada pese a la sudoración o al roce con la arena; y también debe ser hipoalergénico, garantizando una alta tolerancia incluso en las pieles más sensibles, e incluyendo principios activos o excipientes que no provoquen reacciones de sensibilización o alergias.

Vulnerabilidad de los niños

Nuestros pequeños se encuentran más desprotegidos que los adultos, ya que cuentan con menos mecanismos de defensa naturales para enfrentarse a ellos. Su capa córnea es más delgada y menos compacta, y su capacidad de sintetizar la melanina está menos desarrollada. También hay que tener en cuenta que las quemaduras durante los primeros años de vida constituyen uno de los factores de riesgo de melanoma durante la edad adulta, por lo que deben ponerse todos los medios para prevenirlas.

En general, con los niños debemos seguir las mismas pautas que con los adultos, pero además hay que tomar algunas precauciones especiales. Por ejemplo, los niños menores de 1 año nunca deben ser expuestos directamente al sol, y en el caso de los niños menores de 3 años la exposición debe ser limitada, escogiendo fotoprotectores especialmente formulados para bebés. Durante la exposición, los niños deben hidratarse bebiendo mucha agua (también frutas), y, en el caso de los niños pequeños, el uso de gorra, gafas de sol, pantalones y camiseta es imprescindible.