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La salud ocular: el efecto secundario ‘invisible’ de los tratamientos oncológicos que también necesita seguimiento

Los especialistas recuerdan la importancia de integrar la salud ocular en el abordaje global del paciente oncológico.

El abordaje del cáncer se ha transformado en las últimas décadas, pero hay efectos secundarios que siguen pasando desapercibidos: los que afectan a los ojos y a la salud ocular.

Algunos tratamientos oncológicos como la quimioterapia, la radioterapia o determinadas terapias sistémicas pueden asociarse a sequedad ocular, irritación, lagrimeo, fotofobia o visión borrosa, síntomas que influyen directamente en la calidad de vida del paciente. De igual modo, algunos de los conocidos como “fármacos de rescate oncológico”, pueden conllevar efectos secundarios graves para la salud ocular, por lo que el cuidado oftalmológico debe extremarse en estos pacientes.

Por todo ello, incorporar un seguimiento oftalmológico antes, durante y después del tratamiento, así como coordinar la atención al paciente de manera multidisciplinar, resulta fundamental. En este sentido, el Instituto Oftalmológico Fernández-Vega realiza un abordaje integral y personalizado a las complicaciones oculares de los tratamientos oncológicos que puede incluir tratamientos regenerativos.

“El paciente oncológico puede experimentar síntomas oculares que a menudo se normalizan o se atribuyen al cansancio general. Sin embargo, evaluarlos a tiempo permite pautar medidas que alivian los síntomas y reducen el riesgo de que el problema se cronifique o derive en complicaciones de la superficie ocular”, explica el Dr. Jesús Merayo, director del Instituto Universitario Fernández-Vega.

Durante el proceso oncológico, los ojos pueden volverse más vulnerables por múltiples factores: cambios en la producción y calidad de la lágrima, inflamación de la superficie ocular, alteraciones en párpados y glándulas, o efectos secundarios propios de determinados fármacos. En la práctica, esto puede traducirse en sensación de arenilla, escozor, enrojecimiento, visión fluctuante, molestias al leer o usar pantallas, mayor sensibilidad ambiental (aire acondicionado, calefacción) y peor tolerancia a lentes de contacto.

“No se trata solo de ver mejor: se trata de vivir mejor y no descuidar la salud ocular mientras se atraviesa una situación compleja y unos tratamientos que pueden tener algún efecto no deseado en el organismo”, añade el Dr. Merayo. “Con medidas relativamente sencillas como mantener una lubricación adecuada, controlar posibles inflamaciones o realizar ajustes terapéuticos coordinados con Oncología podemos mejorar mucho estos efectos sobre la salud visual”.

Síntomas más comunes

Dentro de todos los síntomas que pueden tener las personas que estén pasando por un tratamiento oncológico, existen principalmente tres bloques. El primero y más frecuente es el síndrome de ojo seco. “Es muy importante tratarlo desde el inicio ya que podría evolucionar a queratoconjuntivitis e incluso úlceras corneales. Es imprescindible que aquellos pacientes que ya padecían ojo seco tengan esto en cuenta ya que algunos tratamientos pueden afectar gravemente a la superficie ocular”, advierte el doctor.

Otra de las estructuras que puede resentirse es el cristalino, de hecho, determinados tratamientos oncológicos pueden favorecer la aparición de cataratas. “El cristalino es muy sensible a agresiones químicas e inflamatorias; por eso, en algunos pacientes vemos que se degrada antes de lo esperado provocando cataratas. La buena noticia es que, en la mayoría de los casos, la catarata tiene solución con una intervención segura”, explica el oftalmólogo.

Por último, algunos tratamientos pueden afectar la retina, la mácula e incluso el nervio óptico. “La retina es un tejido muy sensible, cualquier toxicidad, inflamación o cambio vascular puede traducirse en síntomas visuales”, añade.

Seguimiento antes, durante y después

Los especialistas recomiendan que el abordaje sea completo cuando se tratan enfermedades oncológicas, especialmente en pacientes con antecedentes de ojo seco, blefaritis, cirugías oculares previas, uso de lentes de contacto o enfermedades como diabetes o patologías autoinmunes.

Además, “se debe realizar un seguimiento para diferenciar efectos transitorios de problemas que requieren tratamiento específico, prevenir complicaciones en córnea y superficie ocular, ajustar pautas de cuidados en función de la fase del tratamiento y controlar la evolución tras finalizar la terapia, cuando algunos síntomas pueden persistir o aparecer de forma diferida. El abordaje multidisciplinar se puede traducir en una mejor calidad de vida para los pacientes”, finaliza el doctor.