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La soledad percibida, un factor de riesgo clínico para el deterioro cognitivo, según la ciencia (1)

La soledad va más allá de estar solo físicamente, puede ser una de las señales tempranas a las que prestar más atención en la salud del cerebro.

La soledad percibida, el sentimiento subjetivo de desconexión social, se perfila como un factor de riesgo temprano de deterioro cognitivo, independientemente del grado de contacto social objetivo que tenga la persona. Así lo confirma la evidencia científica más reciente, que sitúa esta variable psicosocial entre los elementos a vigilar en las fases iniciales del proceso, antes incluso de que aparezcan síntomas clínicos evidentes.

La magnitud del problema ha llevado a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a reconocer la soledad y el aislamiento social como una amenaza de salud pública a escala global. Según su Comisión sobre Conexión Social, casi una de cada seis personas en el mundo afirma sentirse sola, y entre 2014 y 2019 la soledad se asoció a más de 871.000 muertes al año, el equivalente a 100 muertes cada hora². Esta desconexión social no solo afecta al estado de ánimo, sino que se relaciona también con un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, ictus, depresión y ansiedad1.

Y es que sentirse solo se asocia con un riesgo entre un 8% y un 9% mayor de desarrollar deterioro cognitivo, un vínculo que se mantiene incluso al descontar el aislamiento social objetivo, es decir, la cantidad real de contacto con otras personas¹. Este dato, especialmente relevante de cara al Día Mundial del Alzheimer, que se conmemora el 21 de septiembre, resulta aún más llamativo porque ese efecto es más marcado justo en el paso de una cognición normal a un deterioro leve, la fase donde intervenir a tiempo puede marcar más diferencia.

“Desde el punto de vista clínico, lo relevante no es tanto la frecuencia de contacto social que registra el paciente, sino su percepción subjetiva de aislamiento. Una persona mayor puede tener una red familiar y social activa y, aun así, experimentar un estado de soledad emocional con impacto real en su salud cognitiva”, explica el Dr. Pedro Gil Gregorio, médico especialista en Geriatría, profesor de la Universidad Complutense de Madrid y colaborador de Schwabe. “Es un recordatorio de que cuidar el cerebro también pasa por cuidar los vínculos afectivos”.

Estrategias sencillas para combatir la soledad

La buena noticia, según la propia OMS, es que abordar la soledad no depende de grandes recursos económicos ni de infraestructuras complejas, sino de estrategias sencillas y sostenidas en el tiempo². Entre las que han mostrado mejores resultados destacan mantener conversaciones con contenido real, más allá de la mera compañía física; participar en actividades comunitarias o de voluntariado, que han demostrado ser especialmente eficaces cuando conectan a personas con intereses o vivencias similares; apoyarse en la tecnología, como las videollamadas, para sostener el contacto con familiares y amigos cuando la distancia lo dificulta; y buscar apoyo profesional cuando el sentimiento de soledad se vuelve persistente³.

Algunos países ya han incorporado estas ideas a su sistema sanitario. En Corea del Sur, por ejemplo, los médicos “prescriben” a las personas mayores actividades sociales como la jardinería o grupos de narración de cuentos, con el mismo criterio con el que se prescribe un tratamiento².

Una estrategia integral para cuidar la salud cognitiva

En las personas que ya presentan un deterioro cognitivo leve, estas medidas deben integrarse en una estrategia de cuidado más amplia. “Hablamos de una combinación de hábitos saludables, estimulación cognitiva, vínculos sociales activos y seguimiento clínico continuado. En este abordaje integral también tienen cabida opciones terapéuticas basadas en la evidencia, como Tebofortán 240 (EGb 761®), indicado para el tratamiento del deterioro cognitivo leve, con eficacia demostrada en ensayos clínicos y un perfil de seguridad establecido⁴”, añade el experto.

La recomendación de los especialistas es clara: prestar atención no solo a cuánta gente nos rodea, sino a cómo nos sentimos respecto a esos vínculos, e integrar la vida social activa como una pieza más, junto con la actividad física, la alimentación y el seguimiento médico, dentro de los hábitos que ayudan a proteger la salud cognitiva con el paso de los años.